¿Qué es el La Escepción Superfinos?
El La Escepción Superfinos fue un puro cubano de fabricación mecanizada que se produjo desde antes de 1960 hasta su desaparición en los años ochenta, con un cepo de 40 y 117 mm de longitud. Esta vitola Coronitas representó una de las últimas expresiones regulares de una marca que, a diferencia de otras de su época, no sobrevivió a la reestructuración de Habanos S.A. en los noventa. Su nombre completo —Superfinos— evocaba la aspiración de calidad dentro de las limitaciones de la producción automatizada de aquella Cuba en transformación.

Historia del La Escepción Superfinos
La marca La Escepción nació del afán de José Gener, el mismo visionario detrás de Hoyo de Monterrey, por crear una línea que destacara por su selección de tabacos. Sin embargo, a diferencia de su hermana mayor, La Escepción transitó por caminos más oscuros: nacionalizada tras 1960, sobrevivió décadas con producción mixta hasta que el mercado la olvidó.
El Superfinos emergió en este contexto de transición. Fabricado en máquinas que imitaban —con mayor o menor fortuna— el arte de los torcedores, llegó a los humidores en cajas de 25 unidades envueltas individualmente en celofán. Este empaque, tan característico de los sesenta y setenta, buscaba preservar la humedad en una isla donde la logística ya comenzaba a resquebrajarse. La cinta estándar "A" lo identificaba como parte de la familia, aunque sin la distinción de las vitolas hechas a mano.
Su desaparición en los años ochenta no fue un evento aislado. Formó parte de la purga silenciosa de puros mecanizados que Habanos S.A. ejecutó al redefinir su portafolio hacia el lujo artesanal. Hoy, encontrar un Superfinos conservado es hallar un relicario de una Cuba que dejó de existir: la de las fábricas saturadas de pedidos soviéticos y la celofán crujiendo bajo los dedos.
Características técnicas
| Atributo | Especificación |
|---|---|
| Nombre de fábrica | Coronitas |
| Cepo (ring gauge) | 40 |
| Longitud | 117 mm (4⅝″) |
| Peso oficial | 6.78 g |
| Construcción | Mecanizada |
| Presentación | Caja de 25 en celofán individual |
| Estado | Descontinuado (años 1980) |
Notas de cata y perfil de sabor
Fumar un Superfinos hoy —si la fortuna y un coleccionista cuidadoso lo permiten— es ejercicio de arqueología sensorial. La construcción mecanizada dejaba una densidad irregular que condicionaba la combustión: tirada más abierta que sus hermanos hechos a mano, con ceniza que pide atención constante.
En el primer tercio, el tabaco cubano de aquella época se manifiesta con notas de cedro seco y café tostado, esa combinación que los habaneros llaman "madera de piano viejo". El cuerpo es medio, nunca agresivo, con una dulzura vegetal que recuerda a la caña de azúcar en reposo. Avanzando, aparecen matices de cuero curtido y chocolate amargo, especialmente si el puro conservó bien su celofán original.
El final —si llega sin desmoronarse— ofrece una concentración sorpresiva: pimienta blanca, tierra de vega y ese regusto metálico característico de los tabacos de la provincia Pinar del Río de aquellos años. No es un puro para buscar complejidad, sino para reconocer la honestidad de un tiempo donde la máquina intentaba reemplazar al arte sin lograrlo del todo.
¿Con qué maridar el La Escepción Superfinos?
Para quienes conservan estos ejemplares, el maridaje debe respetar su carácter histórico sin competir contra él. Un café del Huila, específicamente de la zona de Pitalito con su acidez cítrica contenida, limpia el paladar entre caladas sin opacar el tabaco. La taza debe servirse en punto de malla, ni tan caliente que queme el aceite del puro, ni tan fría que cierre los sabores.
En destilados, el ron Dictador 20 años funciona como diálogo entre dos épocas: la Cuba que produjo el Superfinos y la Colombia que hoy conserva estas tradiciones. Su dulzura de vainilla y caramelo encuentra eco en las notas finales del puro. Para los que prefieren chocolate, una tableta del Santander al 70%, con su amargor frutal, construye un puente entre el cacao colombiano y los matices terrosos del habano.
¿Para quién es este puro?
El Superfinos no es para el fumador casual ni para quien busca su primer habano. Es para el coleccionista que entiende la historia como capa de sabor, para quien valora el testimonio sobre la perfección. Si aparece en una subasta o en el humidor de un anciano que guardó cajas olvidadas, su valor radica en la conservación: celofán intacto, caja sin abrir, testigo de una Cuba que fabricaba puros para el bloque del Este mientras soñaba con otros mercados.
Para el fumador colombiano actual, conocer el Superfinos es ejercicio de humildad: nos recuerda que antes de la obsesión por el "totalmente a mano" existió una industria que intentó democratizar el habano, que falló en la ejecución pero no en la intención. Fumarlo hoy, si se puede, es rendir tributo a esa otra tradición.